El quiosco de la esquina
Una mirada a este tiempo nuestro (2021)
Presentación en el Ateneo de Santander de Una mirada a este tiempo nuestro
Ateneo de Santander: Hilario Barrero y José Luis García Martín
Fotos de las presentaciones
Prensa y Crítica
Reseña de Carlos Alcorta (El Cuaderno)
Juan Francisco Quevedo ―nacido en México en 1959― es un autor que ha sabido exprimir las enseñanzas que brinda el paso del tiempo para ofrecer al público lector un fruto, permítanme la metáfora hortofrutícola, en el punto justo de su maduración. Aunque lleva escribiendo desde su juventud, nunca ha sufrido la ansiedad, la urgencia por ver sus textos impresos. Ha sabido esperar el momento justo y, a partir de ahí, nos ha ido filtrando con meticulosa regularidad el resultado de los largos años de aprendizaje.
Un breve recorrido por su obra literaria ilustra este itinerario, en el que no mencionamos las colaboraciones en libros colectivos: las novelas Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016), el libro de poemas El sedal del olvido (2017) y otros títulos misceláneos como José Simón Cabarga: una biografía (2018), Pensamiento, palabra y poesía (2018), Cincuenta años de la Peña Bolística Riotuerto: una historia que contar (2019) o Pedro Sobrado: vida y obra (2020). Y es que todo poeta, como bien sabe nuestro autor, necesita de ese aprendizaje y del dominio técnico para acertar con la forma justa y con la estructura orgánica adecuada al tipo de creación que se proponga realizar. Pero cada idea necesita un aliento diferente. De ahí viene la alternancia, en su caso, entre la prosa ―en forma de novela, de ensayo― y el verso ―en formas clásicas como el soneto o el haiku, o verso libre―. Y es que, como sabemos, la capacidad creadora de un artista no se desarrolla en compartimentos estancos: todo lo contrario, sus diferentes expresiones están mutuamente relacionadas, son deudoras unas de otras y se enriquecen entre sí. Las exigencias de la poesía, y de esto no todo el mundo es consciente, no son las mismas que las de la narrativa. Por esa razón es necesario trabajar de acuerdo a los patrones normativos de cada género. Es un error manifiesto, aunque Quevedo lo ha eludido, escribir una novela con los presupuestos del poeta, tendente este generalmente, más que a narrar, a ornamentar con recursos propios de la poesía la narración.
La poesía es quizá el instrumento más adecuado para expresar los sentimientos personales. Gracias a las palabras del poema, el autor penetra en los estratos más profundos de su personalidad, pero el poema no es una mera transcripción notarial con carácter biográfico: tiene que ver, más que con revelar, con desvelar esas claves personales que justifican su actitud vital. En este proceso de desvelamiento, sin embargo, no podemos olvidar la técnica, que siempre debe estar al servicio de la sensibilidad, y no a la inversa, como ocurre en aquellos poetas que se enredan en florituras verbales carentes, en muchos casos, de sentido.
Sobre ello ha escrito esclarecedoras páginas Juan Francisco Quevedo en el libro Pensamiento, palabra y poesía (Septentrión, 2018), del que entresaco este fragmento:
«[U]na vez que se llega al conocimiento desde la lectura, hay dos factores esenciales, inspiración y trabajo. La primera se tiene o no se tiene; de hecho, he conocido poetas sin ella que, por mucho oficio y trabajo que le han dedicado, nunca han llegado al poema. Y viceversa, poetas que lo fían todo a la inspiración y luego no acaban nunca el poema pues lo abandonan sin más, tal y como les llega. La una sin la otra no hace al poema. Inspiración y trabajo son indispensables».
La razón última de esto es acaso que toda escritura debe nacer de una necesidad interior, ser eco de una voz profunda, y conseguir que ese eco se traslade a la página con personalidad propia, aunque sea este un asunto endiabladamente complicado. El objetivo principal para un poeta es conquistar su propia voz, esa manera de escribir que le hace único, inconfundible, esa voz que le permite expresar con plenitud tanto sus sentimientos como su visión personal del mundo que le rodea, pero esta no es una tarea fácil, ya que todo poeta es, antes que poeta, lector, y no resulta improbable que el poso de esas lecturas se vaya filtrando en la propia escritura. Juan Francisco Quevedo lo ha conseguido con creces. Cualquiera que haya leído alguna de sus obras reconocerá un estilo personal fácilmente identificable.
Juan Francisco Quevedo, como hemos dicho, poeta, novelista, memorialista y crítico de poesía, ha sabido imprimir a cada uno de estos géneros ―manejando con destreza los registros de cada uno de ellos― su particular forma de entender la vida, y lo hace con sus mejores armas, con un lenguaje terso, sereno, fluido, reflexivo y lúcido; un lenguaje, en definitiva, con un mismo tono íntimo y confesional, con todas las reservas que a este término hemos puesto más arriba, porque, aunque no elude la presencia de lo biográfico en sus poemas, antes al contrario, busca, con esa especie de desnudamiento emocional, la complicidad del lector a través de una claridad innata, sin los afeites de la retórica, en toda escritura hay una dosis ineludible de ficción, pero esa ficción, esa invención, en definitiva, no presupone falsedad alguna. Hay que tener en cuenta que el poeta no miente, solo inventa la verdad, porque, parafraseando a Antonio Machado, también la verdad se inventa.
Estamos hablando, en fin, de una poesía meditativa caracterizada por una mirada condescendiente y bondadosa, aunque no falten en ella razones para el desencanto, una poesía vitalista, y sentimental, clásica y, a la vez, absolutamente contemporánea. Como diría el poeta Carlos Marzal, es una poesía temporalista, «porque trata con hondura del tiempo del hombre que la escribe y pertenece también al tiempo del lector en cualquier tiempo que la lea». Con todo, lo que más caracteriza su poesía es la falta de altisonancia, la sordina y el tono nada enfático que ha sabido imprimir en su voz. En estos versos conviven armónicamente el gozo de la contemplación con la meditación que esta provoca, las sensaciones que aportan los sentidos con la reflexión de orden metapoético y temporal («Busco la palabra precisa/ que ingrávida flota en el marco/ de la tersa piel de la patria») con la crítica moral y social.
Una mirada a este nuestro tiempo es un libro eminentemente hímnico, como constata la declaración inicial que resumo en estos versos: «El tiempo en el que vivo, el que siempre quise vivir,/ fue el nuestro, el de los dos, el de los cuatro,/ el de los dos, el de los que hayan de venir». Pero no elude ―lo subrayo de nuevo― la parte más dramática y sombría de la vida: el dolor («Vive en pasillos límpidos y estrechos,/ está en el halo sórdido que habita/ en las hirientes y ásperas miradas/ de tristes ojos yendo hacia el vacío», escribe) y la muerte, porque forman parte de la realidad del poeta, pero esa sordina de la que hablaba más arriba hace que el poeta escriba desde la mesura, con delicadeza no exenta de precisión. Al fin al cabo, en lo real conviven sin fisuras lo bello y lo terrible.
Las correspondencias entre las cosas y los seres son inacabables y Juan Francisco Quevedo sabe sacarles partido poéticamente. Sus tres secciones, con títulos esclarecedores, abundan en lo dicho: «Amor, dolor y poesía» es la primera. «Tierra, polvo, luz», la segunda, más vinculada esta a la rememoración del pasado, a la búsqueda de sus raíces, a la expresión del afecto: «Enséñame, madre, la luz/ que surge del alba e ilumina/ la húmeda escarcha de mi infancia», escribe en el conmovedor poema dedicado a su madre.
La última parte del libro, «Pensamiento y palabra» guarda muchas similitudes con la precedente, porque los recuerdos de la infancia y los sueños que en dicha etapa de la vida se engendran ocupan muchos de los poemas. Toda mirada retrospectiva tiene un alto componente de nostalgia, pero el enfoque de nuestro autor, aun sin prescindir de ella, está tintado por un componente que la transforma: la conmiseración.
Estamos, por tanto, ante un libro que emociona desde el primer poema por la lucidez con la que el autor contempla el mundo que le rodea, por la manera en la que eleva lo cotidiano a la categoría de universal, lo efímero del día a día en realidad sub specie aeternitatis, porque todo lo que escribe, gracias a un lenguaje cercano a lo coloquial, nos suena a verdadero, a algo propio. No hay impostura ni grandilocuencia en sus poemas, y eso lo agradece el lector con el que, como ya hemos avanzado, establece un alto grado de empatía, de complicidad. Frente a lo efímero de la vida, quedará la palabra, en manos de Juan Francisco Quevedo, dotada de una verdad que la ayuda a permanecer en la memoria de sus lectores.
Carlos Alcorta
RESEÑA DE JESÚS CÁRDENAS (REVISTA ÍTACA)
LA MEJOR VERSIÓN
Hay un sector que irreflexivamente rechazan la lectura de la poesía, y se escudan en la dificultad. Para ellos este libro de poemas para que desarrollen la comprensión de la vida, para que se armen con mecanismos que penetran en las almas. Una mirada a este tiempo nuestro tiene la virtud de ofrecer palabras con las que es fácil identificarnos, porque rescatan lo vivido.
La propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva (Santander), Juan Francisco Quevedo, se acrecienta en esta segunda entrega lírica, tras El sedal del olvido, (2017) y el paralelismo temporal que supuso la publicación de la antología Este tiempo nuestro (Cuadernos de Humo Treinta y Tres, 2021).
Ya desde el título, se deduce que hallaremos en este volumen publicado por la editorial Libros del Aire reflexiones que surgen de lo vivido. El poema se ancla en la raíz, en la intimidad del sujeto que trata de aprehender lo que la realidad, en numerosas ocasiones, tarda en desvelarnos. De acuerdo con su descripción “poética” dada en Cuadernos de Humo, “el poema hay que elaborarlo, con autenticidad y belleza desde la emoción”. Si la esencia del ser es vivir, las palabras sirven para rescatar lo vivido, plasmar huellas en el fluir inexorable y hallar la mejor versión real, descargadas del anecdotario, de un modo transparente. “La poesía –según su prologuista, García Martín– se convierte así en el mejor aliado de la memoria”.
Los motivos tratados en Una mirada a este tiempo nuestro no difieren de su entrega anterior: el amor, la muerte, el recuerdo de la infancia y la finitud de la vida. Aunque hay una notable diferencia en el modo de su tratamiento. Su autor sigue ofreciendo un proceso decantador que va a lo esencial de los sentimientos. Tal vez, su voz se muestre más llena de verdad y con un tratamiento del verso más contenido y evocador. Con todo, la poesía de Quevedo genera un discurso humanístico tan lúcido como cercano.
Como sabemos de los Siglo de Oro, el amor es el único mecanismo que nos salva. A él nos dedicamos en cuerpo y alma. Cuando somos desposeídos de él, damos otro valor. Así, vemos en el poema inicial de la primera serie del primero de los tres bloques en que se articula el libro: “El tiempo que vivo, el que siempre quise vivir, / fue el nuestro, el de los dos, el de los cuatro, / el de los dos, el de los que hayan de venir. / No necesito otro tiempo ni más tiempo que el vuestro”. El sentido del amor experimentado sigue latiendo con fuerza: “El amor que me asalta, que siento, sobrepasa / las estrecheces que lo albergan y lo contienen” (“Rompientes”); sin él, “pasan los días como un denso légamo” (“Pagaré”); y la vida “ese mar de dudas / y vacilaciones”, “un mortal de disparo”, dejando al hombre perdido, abatido: “Ya no somos más que dos cuerpos yertos / que se desvanecen sobre el asfalto” (“Rastro”). Tras estos poemas, es imposible no tener los sentidos en alerta. El señor Quevedo ya nos ha ganado, somos sus cómplices.
En esta primera sección “Amor, dolor y poesía”, que corresponde a los tres motivos temáticos que va entrecruzando Quevedo con maestría aunque formen divisiones. Así, comprobamos el empleo de la destilación efectuada en los poemas amorosos, espigando palabras del idioma. Se dedica esta tercera serie a hablarnos de la necesidad de la escritura, y textos como “Dandy” prueban el aliento de Antonio Machado, así como la toma de postura que difiere de Baudelaire o Pessoa. En “Dandy” se leen estos versos sobre su honestidad en la escritura: “Yo no vivo, tengo esa suerte, / de lo que escribo, pero digo / que es por escribir por lo que vivo; lo hago sin fingida impostura”. En otros, la cercanía de Juan Ramón que conecta con la poesía mística española “La palabra precisa”, “Dar en la diana” o “Exactitud”, donde desconfía de su abismo o abstracción: “Las palabras son, aún sin venderse, / las meretrices de la humanidad / y el mundo tan solo es, al fin y al cabo, / el gran prostíbulo que las acoge”.
Destella en el segundo apartado, “Tierra, polvo y luz”, la dicha en otro tiempo. Ante el abismo de nuestro tiempo estamos casi obligados a retroceder en busca de la serenidad que nos fue arrebatada. Quevedo encuentra esa reverberación en poemas que enraízan con la identidad del poeta. La nostalgia de otro tiempo vivido late con fuerza en el extenso poema titulado “Tierra” que concluye “Nací en una tierra que siempre late / en el gran corazón que la sustenta”. Y que podría asociarse con estos versos de “Raíz”: “Es el triunfo del polvo del camino, / de la tierra que nos mancha las botas, / la misma que nos ensambla a la vida”. Y este otro con los familiares añorados, así en “Madre”: “Duerme, madre, en la voz tenue / de unos versos que te reclaman, / en el ensueño de quien te ama”. El tiempo pretérito amoroso figura con un fondo marítimo, en poemas como “Colgado a tu brazo”, “Orilla” y “Oportunidad”. La capacidad formal de Juan Francisco Quevedo a la hora de abordar el poema lo convierte en directo deudor de la lírica tradicional: décimas, sonetos, tercetos… Todo un repertorio de convenciones poéticas que podría acabar en sí mismas solo en un deslumbrante ejercicio técnico si no fuera por su voluntad de transparentar el sentimiento, generar una reflexión.
Curiosamente, los poemas más sombríos pertenecen al último apartado, “Pensamiento y palabra”. El poeta se contempla y el tono deviene en reflexivo. Trascienden de la cotidianidad íntima estos poemas por la sensibilidad que muestran, por el sutil desconcierto del hombre urbano que busca la razón por la cual vivimos de espaldas a muestra propia naturaleza, que busca reconciliarse con la belleza de lo que nos rodea, retomar su sentido; por su conciencia del lenguaje también se muestra tan grave como delicado, aunque en ocasiones reprocha al hombre la pérdida de conciencia, en poemas como “Ayer, en las cloacas de mi ciudad”: “Deambulando, sin más, por las tristes aceras / del alma, he reconocido, cuán salamandra, / la resbaladiza oportunidad de ser hombre”; que conecta con el siguiente “Un inmenso mercado”: “Algo le ocurre a ese ser descreído en el tiempo. // Una fuerza le empuja a dar unos pasos más / hacia el precipicio angosto del escepticismo”. En la serie “Entre las ruinas del alma”, “Injusticia”, “Peonzas”, “Simplicidad”, “La caverna” o “Pagaré” el discurso poético se alía a la reflexión filosófica. El sujeto reacciona contra algunos males que el individuo ha absorbido de una sociedad enfermiza. El desencanto alumbra lucidez en diversos poemas, como en “Devenir”: “Se sume en el olvido / como se disipa la vida, / mientras desaparece / por las entrañas de la tierra”. Ya sabe que los errores cometidos en el presente tienen su simiente en el pasado. A otro tiempo irreal se llega mediante la memoria o el sueño. Tal vez, por este motivo nuestro poeta persigue el recuerdo de días más sencillos dedicándose a revitalizarlos. A este propósito, léase el hermoso final que nos tenía reservados con “El quiosco de la esquina”.
En Una mirada a este tiempo nuestro tenemos un confidente. Juan Francisco Quevedo nos dice verdades a la cara, aunque algunas de ellas sean dolorosas. Practica con solvencia el poeta afincado en Bielva una poesía intimista, pero sobre todo humana. Se muestra íntimo expresando sentimientos y mediante la transmisión de sus ideas nos ayudan a entender perspicazmente lo esencial. En sus versos se dilucida no solo otro tiempo, sino que nos previene de un futuro en el que no deberíamos sucumbir. Deducimos su reacción rebelde, una conciencia que se resiste a aceptar la violencia y la imposición. Se vislumbra, al cabo, el sesgo moral del hecho poético. Contención, transparencia y lucidez son tres cualidades de su poesía.
Jesús Cárdenas
Juan Francisco Quevedo, el escritor
Y el hombre.
(Julio González Alonso)
Juan Francisco Quevedo, el escritor cántabro que nacía en México en 1959, atesora en su haber títulos de narrativa como “Ana en el mes de julio” (2014) y “Querida princesa” (2016). De espléndida escritura, sus obras aparecen consistentes y bien documentadas para entreabrirnos las puertas de la historia con interés y amenidad adentrándose en la psicología de sus personajes y descubrirnos, de manera muy galdosiana, la complejidad hermosa de un mundo y su tiempo y enamorarnos de la vida.
Pero si en la narrativa y como articulista y ensayista los trabajos de Juan Fco. Quevedo se nos antojan interesantes y próximos, de contagiosa inquietud que despiertan los deseos de conocer y saber, sus incursiones en el campo de la poesía nos acercan con la naturalidad de un lenguaje limpio y desvestido de complicados y oscuros artificios a la naturaleza que rodea al poeta y al poeta en sus interioridades, aquellas que se emocionan y vibran con gratitud ante el regalo abundante de la misma existencia.
En 2017 dará a la luz los versos de “El sedal del olvido” y su andadura no pudo ser más feliz. Tras su dedicación a otros trabajos, artículos y ensayos, volverá a los versos para dejarnos una breve antología y participar en varios trabajos colectivos juntos a otros autores. Recientemente, en estos últimos meses de 2021, dos obras singulares han venido a sumarse a la fecunda producción poética de Juan Fco. Quevedo; me refiero a la publicación de “Este tiempo nuestro” que aparece en la colección “Cuadernos de humo”, y el libro “Una mirada a este tiempo nuestro” (Libros del Aire, noviembre 2021): ambos, cuaderno y libro, ilustrados por el autor que viene así a agregar la faceta de dibujante y pintor al arte de hacer versos.
Leyendo la poesía de Juan Fco. Quevedo y después de disfrutar el prólogo de Jose Luis García Martín en “Una mirada a este tiempo nuestro”, debo decir que mis impresiones no podrían ser más coincidentes con las del prologuista, sobre todo cuando concluye que éste es “un libro para amigos”, porque –asegura- “aunque no vaya destinado en exclusividad a ellos, resulta imposible no considerarse amigo suyo después de haberlo leído”.
Y es que la poesía de J. F. Quevedo, que va madurando y serenándose, brota del corazón del hombre bueno que, con sencilla humildad, enciende la luz de la mirada personal y humana para dejarnos ver y ser conscientes del paso del tiempo y la belleza reflejada en ese espejo de agua que es el río de nuestra vida. El paso del agua, a veces calmada, a veces corriendo en agitadas torrenteras, nos invita a contemplar e interiorizar los paisajes amables de rumorosas choperas, los campos cultivados de buenos sentimientos; pero también, en breves y deslumbrantes ráfagas, los peligros, las injusticias y las consecuencias indeseables de muchas de las actuaciones humanas.
De una poesía así y de hombres así estamos necesitados; de esa naturaleza indulgente y afable que descubrí leyendo “Querida princesa” y que me llevó a escribir estar convencido de que “detrás de la obra no solamente hay un buen autor, sino también un buen hombre al que supongo una gran honestidad intelectual y un sentimiento acendrado de amor a su tierra y a su país”. Fiel a los suyos y de inquebrantable fidelidad humana, a lo que los humanos representan con sus pasiones, servidumbres y gloria, y de los que nos descubre su cara y cruz. Y así, la escritura total de Juan Francisco Quevedo ha venido para quedarse y ya estará para siempre a nuestro lado.
Julio González Alonso
TIEMPO Y CONFESIONES (El Imparcial)
(Miguel Ángel Gómez)
Las palabras nos hacen estar firmes incluso ante el viento cuando sopla. El tiempo fluye y pretendemos que “la vida hogareña sea pacífica y serena” (Henry Miller
Los poetas juegan con la literatura una partida de ajedrez alguna noche. Lo que pasa en la calle desea ser descrito con una especie de rareza mecánica. Desde hace algún tiempo, la poesía goza de popularidad que hace que la veamos en movimiento. Hay poetas que escriben al amparo de una sonrisa plena de confianza. Otros invierten la totalidad de sus sentidos en el proceso.
Juan Francisco Quevedo en Una mirada a este tiempo nuestro (Libros del aire) se nos muestra como un poeta que gusta de no apartar la vista de un rostro asombrado; en sus versos nos hace encontrar la sensación de brotar en el espacio, como un globo que, en el circo, se escapa de la mano de un niño. Hay en su libro memoria y corazón, flores eléctricas que brillan y se desvanecen alternativamente sobre la húmeda y sofocante calzada.
Los títulos de cada una de las partes –“Amor, dolor y poesía”. “Tierra, polvo y luz”, “Pensamiento y palabra”- son versos auténticos que poder enfocar desde diferentes ángulos. ¿De qué nos habla? De la verdad que nos hiere y nos llena de confusión, de recuerdos a gran escala, del sueño eterno que viven los amantes que mantienen una actitud digna. Los poemas -o fragmentos algunos como armonías de violín- están formados por piezas que parecen cubiertas de fotografías: “Nos pasamos los días esquivándolo”, comienza uno de ellos. Y sigue con “Tarde o temprano, / el carrusel de la existencia acaba atropellándonos”. Esta poesía es un edificio alto donde permanecer un rato en silencio.
Se alternan poemas breves con madurez de propósito y sin rasgos de espontaneidad con otros largos con una intensidad perseverante. Es este último caso el de “Paseando con Juliette Binoche sobre el Pont Neuf”: “El cielo ardiente de París abriga / las fastuosas y alentadoras quimeras / que, con su irisada y cauta luz, iluminan / los sueños de los jóvenes amantes”, para concluir: “¡Ah, viejo París! Siempre renovando la ilusión perdida de los amantes / y el encanto maldito de los poetas”.
En los poemas de Juan Francisco Quevedo hay aforismos que no están caldeados por profundas banalidades: “La playa es un tejido de partículas”, “La verja hacia el olvido espera abierta”, “Dulce y salada lágrima emergente que lenta surcas una faz querida”, “Nunca fui un dandy literario, ni un literato sin dandy”, “El amor. Ese insólito lugar donde reside la pura verdad”.
Los poemas amplían su temática como si hubiesen estado esperando alguna señal, como en “La mirada de los muertos”, “Arañando la tierra”, o “Murnau”. Prescinde Juan Francisco Quevedo de retoricismos. La injusticia del mundo no nos deja alcanzar un grado de tranquilidad, parece decirnos. El poema “Madre” nos trae la corriente de sus pensamientos. Flota en el aire una imperiosa emoción con “la brisa que viene de poniente y mueve / los hilos que cruzan mis labios”. El mundo recobrado es una súplica para poder desentrañar la vida. Pueden servir de ejemplo estos versos: “Tráeme, madre, el sonido / profundo y antiguo de la tierra, / la llama que nunca se extingue”. A ratos Juan Francisco Quevedo parece volver a la tristeza, que es como humo que se cuela en la sala, aunque nadie se marcha de momento. Sorprende el poema “El resplandor de la hoguera”, que nos recuerda a la mejor poesía de Eugénio de Andrade: “Las quinas viejas / que asomaban por la pared / miraban con resignación / el resplandor de la hoguera. / Después, un cubo de agua / daba cumplida cuenta / de los últimos rescoldos. / Se sacaba las gafas del bolsillo / y se iba a quitar las malas hierbas”.
Juan Francisco Quevedo ha escrito un puñado de poemas que reparan en siluetas cercanas que se siguen aproximando a él, palmo a palmo. Publicó su primera novela, Ana en el mes de julio en 2014. Sus poemas iniciales vieron luz en El sedal del olvido, 2017. Encontró su voz -lejos de los juegos de palabras imposibles- en la inspiración del momento y en los comentarios periodísticos que no oscilaban como sauces jóvenes ante el viento. Los poemas familiares, la contemplación de la bahía cuando no hay que esperar más, son otras de las habilidades de Juan Francisco Quevedo. Apacible mañana de verdor, arcos de piedra que nos dan un espectáculo: “Marcas del tiempo en las pétreas moles / desafían altivas a los siglos. / Se erigen como celosos guardianes / de la substancia y memoria de su pueblo”. En este libro tan de Juan Francisco Quevedo destacan un tanto los poemas “El quiosco de la esquina” e “Incansables”. Es un poeta del tiempo y las confesiones, de ideas que se adecúan a las mil maravillas con su actitud pulcra y bienintencionada y nos invitan a dejarnos llevar por la “fuerza del impulso y el deseo, arrinconando a la costumbre”.
Miguel Ángel Gómez
Reseña de Javier Gallego del libro de Juan Francisco Quevedo “Una mirada a este tiempo nuestro”. Libros de Aire. Poesía
Juan Francisco Quevedo es un “escritor cántabro nacido en México”. Es un escritor de publicación tardía, en 2014 publicó su primera novela, Ana en el mes de julio y luego Querida princesa (2016). Seguidamente ha realizado biografías del periodista y escritor José Simón Cabarga (2018) y del pintor Pedro Sobrado (2020). En cuanto al ensayo, Pensamiento, palabra y poesía (2018), Cincuenta años de la Peña Bolística Riotuerto (2019). Su primer libro de poemas fue El sedal del olvido (2017), aunque poemas suyos han sido traducidos al inglés y han participado en diversos libros conjuntos. Podemos conocer una antología poética en la colección Torre de la Vega del Aula Poética José Luis Hidalgo y una brevísima panorámica en Cuadernos de Humo, al cuidado de Hilario Barrero. Un amigo común, José Luis García Martín, se encarga del atinado prólogo que podría resumirse en la apreciación de que “sus versos aúnan celebración y alegría”. Y efectivamente, esos son los ingredientes básicos a los que se une el sufrimiento y una preocupación sincera sobre el paso del tiempo y la finitud de la vida.
El volumen se divide en tres áreas temáticas, que, a su vez, desgranan los conceptos alrededor de los cuales se agrupan los poemas. La primera parte es Amor, Dolor Y Poesía, porque son, esencialmente, esos los temas básicos que encontramos en los versos que nos abren un corazón en el que cabe el amor (“Debo tanto a la incólume fuerza del impulso / y el deseo arrinconando a la costumbre, / que creo no haber dejado de besarla / al menos una vez al día, / desde aquella lejana tarde / de un lejano año / que se pierde entre las sombras / de más de cuarenta primaveras”, No son solo palabras). La exigencia poética de no dejar sin destilar los afectos para traducirlos a versos hacen mella en varias ocasiones: “Si tuviera las palabras precisas / lanzaría al cielo un tapiz de letras / para hilvanar una lengua encendida” (El rojo de tus labios). Por esa razón la descripción del sentimiento amoroso juega y se escabulle entre los intentos de definición y las sucesivas metamorfosis al cabo de los años: “Nunca la espera de unos labios / que lloran la ausencia y la pena / de los besos aún por darte” (Polvo y ceniza); “El amor que me asalta, que siento, sobrepasa / las estrecheces que lo albergan y lo contienen”.
El paso del tiempo va dejando escrito en la memoria que se define claramente en los momentos de reflexión ante la muerte: “Se van quedando atrás, ocultas en el recuerdo, / como esos enseres, perdidos e inanimados, / a los que la costumbre de nunca distinguirlos, / les ha vuelto invisibles a nuestros ojos. / Sin embargo, sabemos que están ahí, mirándonos, / mientras la soledad cotidiana nos embriaga” (La mirada de los muertos). La vista atrás deja más evidente los cambios y la perplejidad es la que se apodera de la reflexión: “Era más feliz de joven cuando, / creyendo saberlo todo, / ignoraba la herida / que el pasado cincela en el hombre” (Yo solo sé que no sé nada).
Sin embargo, para Juan Francisco Quevedo, parece que el amor es quien da sentido a toda la perplejidad, tomando plena conciencia de esta y aventurando un posible porvenir: “Te perdí, nos perdimos para siempre / en el paisaje de ese mar de dudas /y vacilaciones que es la vida” (Vacilaciones). Sentencia en Pagaré: “La vida no es sino un mortal disparo / que se despacha como un pagaré: / Sin fecha concreta de vencimiento” y en Rastro: “Ya no somos más que dos cuerpos yertos / que se desvanecen sobre el asfalto”.
La poesía es el método por el que el escritor se enfrenta a la comprensión del mundo porque:”Yo no vivo, tengo esa suerte, / de lo que escribo, pero digo / que es por escribir por lo que vivo” (Dandy). Aunque este es un poeta que desconfía sabiamente del hechizo que pueden albergar: “Las palabras son, aún sin venderse, / las meretrices de la humanidad / y el mundo tan solo es, al fin y al cabo, / el gran prostíbulo que las acoge” (Exactitud).
Tierra, Polvo Y Luz es el título de la segunda sección, en la que la preocupación por la muerte cobra más sentido, y se hace más enraizada, literalmente: “Es el triunfo del polvo del camino, / de la tierra que nos mancha las botas, / la misma que nos ensambla a la vida” (Raíz); “Nací en una tierra que siempre late / en el gran corazón que la sustenta” (Tierra). Encontramos una conexión con los allegados, con la familia, es el momento de añoranzas y nostalgias familiares, la escuela, la infancia, la tía… la madre: “Duerme, madre, en la voz tenue / de unos versos que te reclaman, / en el ensueño de quien te ama” (Madre). Persevera en considerar el amor como el crisol para entender y dar sentido a la experiencia: “El amor. Ese insólito lugar / donde reside la pura verdad” (Inertes).
La última parte, Pensamiento y Palabra, quizás tenga un tinte algo más sombrío, no solo por un carácter quizás más reflexivo, casi filosófico, sino por esa querencia, tan barroca por otra parte, de hacer balance de lo que el tiempo y la muerte se va llevando: “Deambulando, sin más, por las tristes aceras / del alma, he reconocido, cuan salamandra, / la resbaladiza oportunidad de ser hombre” (Ayer, en las cloacas de mi ciudad). El homo viator, el viaje como metáfora otorga una cualidad de clarividencia que solo la reflexión y no la costumbre ofrecen al poeta: “Una fuerza le empuja a dar unos pasos más / hacia el precipicio angosto del escepticismo” (Un inmenso mercado).
Sale a flote una rabia, un sentimiento de no sometimiento y de contestación: “Parapetados bajo las cenizas, / Obvian las caricias de las palabras / que se revelan con sinceridad, // aquellas que solo agitan a seres / carnales, a hombres heridos de vida, / a los que salvaguardan de la muerte” (Entre las ruinas del alma); “Cuántas son las veces que estoy pensando / en acuchillar este que es mi tiempo” (Matar el tiempo). El uso del imperativo, primero hacia uno mismo y después hacia afuera son ejemplos de esa resistencia hacia lo inevitable: “Desnudad los cuerpos ingrávidos / para rotar como peonzas /rendidos a un destino eterno: / Girad, girad, girad, mortales / alrededor de la batuta / que orquesta y rige el devenir / tedioso e impasible del mundo” (Peonzas).
En Juan Francisco Quevedo encontramos la palabra esperada, el adjetivo preciso, sin sobresaltos sin surrealismos, convencional en el mejor sentido de la palabra: “¿Adónde fueron aquellas mentiras, / adonde aquellas verdades piadosas / que provocaban tan claras sonrisas / en nuestras limpias caras aniñadas?” (Verdades piadosas). Pueblan estos últimos poemas la soledad, decepción, lucidez: “Se sume en el olvido / como se disipa la vida, / mientras desaparece / por las entrañas de la tierra” (Devenir).
A pesar de la luminosidad de los primeros poemas del volumen, cierra esta entrega poética con una serena aceptación: “La vida no es más que una / marcha de instantes que, / en fila india y en silencio, / nos llevan a la muerte. // Una hilera de esquelas / aguardando la nuestra” (Esquelas). Sin embargo, por encima de todo, un resquicio de esperanza porque “A pesar de que cambiamos de cielo, / nunca conseguiremos mudar de alma” (Invariable). Termina el libro con una hermosa mirada al pasado, el recuerdo que dedica a los tiempos más sencillos de la niñez:
“No, nunca nada volvió a ser tan fácil
como cuando descargábamos nuestra furia
–en el patio del colegio–
golpeando un balón de cuero
contra el paredón de la vida” (El quiosco de la esquina)
El sedal del olvido (2017)
Presentación en el Ateneo de Santander de El sedal del olvido
Presentación de El sedal del olvido en Galicia (Casa da Luz-Pontevedra)
Traducción de algunos poemas al inglés de El sedal del olvido. Aparecieron en la revista que edita anualmente la Universidad de Princeton, Inventory.
Fotos de las presentaciones en Madrid, Santander, Galicia...
PRENSA Y CRÍTICA
El sedal del
olvido.
Juan Francisco Quevedo
Septentrión Ediciones, 2017
Dice Dickinson: If I read a book and it makes my whole body so cold no fire can warm me I know that is poetry. Si leo un libro y pone a mi cuerpo tan frio que no hay fuego que pueda calentarlo, sé que es poesía. El sedal del olvido, de Juan Francisco Quevedo, es un libro como una nevada de recuerdos que cae sobre todos nosotros. Una tormenta para que el tiempo se detenga.
If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know that is poetry. Si siento físicamente como si me arrancaran la tapa de los sesos, sé que es poesía. Es El sedal del olvido un libro hecho con materiales de primera mano: pólvora enamorada, sedal de plata, poesía de verdad, de antes que es de ahora: de siempre. Poesía que rescata historias, momentos, vidas, “un refugio y un bálsamo ante las perdidas inevitables, ante la enfermedad, ante los desasosiegos y desilusiones”.
Y si uno siente un nudo en el corazón y sabe que está ante el libro de un poeta que respeta a la poesía y se entrega a ella y despierta en nuestra memoria recuerdos paralelos a los del poeta, sabe que está entrando en el reino de la emoción, donde el hielo arde el sentimiento y el fuego le da vida a la razón. Dos entes que son el santo y seña de la poesía en general y la de Juan Francisco Quevedo en particular. El sedal del olvido, un título que uno asocia a mar y a brea y a piel y a cicatriz, tiene esa cualidad de belleza e intensidad de emoción que son características de lo que es un poema.
El libro, dedicado a Claudia y Juan, editado por Septentrión Ediciones, que dirige con tanto empeño Carlos Alcorta, está ilustrado por el poeta, dividido en siete apartados con una introducción y un epilogo, lleva una cita del poeta José Luis García Martín que nos señala el camino a seguir: “Otra vez como entonces estáis aquí conmigo / esta noche encendida, detenida, callada, / cuando se dice todo sin que digamos nada”.
Sabe bien Juan Francisco Quevedo que la principal función de la poesía es crear emociones que sean alimento para el espíritu y motivación para la razón. La emoción es un escalofrío que nos recorre por todo el cuerpo, un nudo en la garganta que nos impide casi respirar, un dolor en el alma. La poesía es el encuentro de un pensamiento emocionado que encuentra a la palabra que se hace poesía. Y en El sedal del olvido encontraremos el hondo escalofrío, el nudo en la garganta y un dolor en el alma.
La primera parte, titulada “La mirada empañada”, (que es nuestra favorita) cuenta con nueve poemas en donde la nostalgia es la protagonista principal en temas cotidianos y domésticos, poemas en los que la mirada del poeta escudriña el tiempo pasado, tiempo de barro, de música, de sombra de la higuera, de la muerte. En el primer poema, con un título tan poco poético como “Un viejo colchón de lana”, aparece la figura de la madre y marca la atmósfera que nos vamos ir encontrado a lo largo del libro.
Me encierro, madre, en el
cuarto
que fue refugio de tu niñez
y escruto, tumbado en el hueco
de un antiguo colchón de lana,
tu cara de niña aplicada
descolorida por el tiempo.
Quizás, algún día otro cuerpo
se recueste en esta que fuera
tu cama y de esa misma pared,
junto al sepia y viejo retrato,
cuelgue un rostro de mirada azul
que pueda recordarle quién fui.
Una de las muchas virtudes del libro es su inteligente estructura. Es un edificio, mapa lo suele llamar el poeta, que se levanta sobre sólidos cimientos, no olvidemos que Quevedo es novelista “antes” que poeta. Son siete espacios donde la melancolía, la filosofía, la familia, el exterior con paisajes queridos, la casa oscura, el dolor y la galería final con nombres y rostros queridos por todos: Vallejo, Cernuda, Miguel Hernández, Blas de Otero y en lo alto la voz del poeta que despierta de un sueño y ve que al abrir “lo ojos no había nadie. / Ni yo mismo”. Un libro cíclico que comienza con un viejo colchón de lana y termina en otro colchón “agarrado a una sábana arrugada”.
Uno de los poemas que uno casi se ha aprendido de memoria y que desde la primera lectura le sedujo es el titulado “Madrid, 1973 –Restaurant La playa”. Y me sedujo porque es un poema que me despierta, esa es la magia de la poesía, un mundo de sensaciones, olores, sabores y emociones. Un poema costumbrista, sencillo en apariencia, localista, pero que también es una crónica social, melancólica y conmovedora de un Madrid visto por un niño de catorce años.
Madrid, aquel Madrid de los
setenta,
con grandes cines de sesión continua
-un placer para un chaval de provincias-.
Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con su cosmopolitismo acogedor,
con su acento castizo y descarado.
Madrid, aquel Madrid de los setenta.
con su chulesco ademan de capital,
con sus maneras de barrio de arrabal.
Así era el Madrid de mis catorce años,
donde siempre había melón de postre
en aquel restaurant de mantel blanco
y pajaritas negras en los cuellos
almidonados de los camareros.
En un mercado poético donde la anarquía impera, donde cualquiera puede escribir un poema usando unas tijeras y cortado la frase donde se tercie, El sedal del olvido es un claro ejemplo de tradición, de musicalidad, de poemas con endecasílabos modelos, encabalgamientos que, como una ola, hacen mover el poema y al lector. Es una cuerda fina que ata por un extremo al anzuelo de la emoción y por el otro a la caña de pescar sueños y emociones. Y al acabar de leer el libro se nos queda enredado el anzuelo de la poesía y del recuerdo.
Y nos quedamos enganchados para siempre en el sedal de la esperanza.
En los cafés de todas las
ciudades,
en las aceras y hasta en las esquinas
que llevaban a calles sin salida,
te sabía más allá del deseo.
En cualquier espejo de cualquier lugar,
intuía en un reflejo borroso
tu suave silueta de muchacha
pálida, junto a la gabardina beige,
que en Santiago lucías en invierno.
La lluvia y el frío aún eran clementes
con los dos jóvenes enamorados;
las torpes tormentas de la memoria
se escurrían, sin calar, por el manto
que envolvía aquella dulce juventud:
los embates del sedal del olvido
no traspasaban nuestra frágil edad.
El sedal del olvido, de Juan Francisco Quevedo
Septentrión, 2017
«Cuanto más pequeño era, más grandes eran mis sueños», reza la autobiografía que figura en la página virtual de Juan Francisco Quevedo. Y a pesar de que la infancia del autor haya quedado encerrada en La Cavada, el niño que alguna vez fue parece no dejar de insuflar fantasías, ensoñaciones, maravillas.
Hoy presentamos la última obra de un niño que quiso ser bombero, vaquero, futbolista, astronauta, boxeador, que descubrió que quería ser estrella del rock al conocer a The Beatles, pero que conoció el desengaño cuando le empezaron a pedir que no cantase. Con quince años, el joven Juan Francisco Quevedo descubrió que su verdadera vocación era ser poeta; en sus propias palabras, su yo muchacho ansiaba: «mirar el mundo con esa mirada tierna y dura a la vez, cargada de lirismo, que aún hoy creo conservar y que me hace ver las cosas de una manera muy particular (...) Y ahí estoy, mirando el mundo a mi manera, con el disfraz de juglar siempre encima, por si salta la liebre tras cualquier mata». Hermoso, ¿verdad?
A partir de ahí, junto a los estudios de Farmacia en Santiago de Compostela, vinieron tantas letras, libros y proyectos, de los que enunciaré solo algunos a modo de contextualización del autor: obras históricas, como Los borbones del siglo XVIII o Los borbones del siglo XIX, novelas (Querida princesa o Ana en el mes de julio), una antología caprichosa, que el autor define como un libro de iniciación para aquellos lectores que no se hayan adentrado «en el apasionante camino de la poesía por pereza, por dificultad o por cualquier otra causa» (permítanme apuntar que, entre los autores antologados, podemos encontrar a Rosalía de Castro), el guión del cortometraje Desmemoria o diversos relatos, ensayos, dibujos, etc. Y la poesía, claro está: Vestido con alfileres, El dolor de ser hombre, sin más, La palabra precisa o El sedal del olvido, obra que nos congrega hoy en este espacio.
El sedal del olvido, es ante todo, recuerdo, un deseo de tatuar la memoria en el papel por si alguna vez esta se desprende de nuestro ser físico, por si algún día nos olvidamos de los juegos o de las ensoñaciones con las que más disfrutaban nuestros yo niños. El sedal del olvido es inicio, luz, ternura, dulzura, juventud, inocencia, amor, pero también camino, desmemoria, tristeza, incerteza, ausencia, muerte. En definitiva, el círculo de una vida, tantas y tantas experiencias sabiamente masticadas y canalizadas hacia poemas sencillos y sinceros, inundados de emoción y de verdad. A través del poema, Juan Francisco Quevedo, parafraseando versos suyos, desarruga el tiempo, halla las hojas extraviadas de la infancia, sacude aquellas que han secado, nombra esa tristeza que amortaja las entrañas del ánimo para, quizá, reconocerla y aceptarla, y, sobre todo, entroniza su vida junto a los otros chiquillos de La Cavada, las canicas y peonzas, las marionetas, las claraboyas, las bicicletas, la calle.
Para finalizar mi intervención, me gustaría trasladarles que, personalmente, he degustado este libro fascinada, con la pasión de quien se identifica en una sensibilidad común y en las mismas obsesiones. Desde ahora, habito en los versos de Juan Francisco Quevedo, quien, a pesar de haber perdido la niñez, en sus versos la convoca y ellos le otorgan para siempre el poder de regresar.
RESEÑA DE JESÚS CÁRDENAS
ESENCIA DEL SER
La esencia del ser humano es vivir y,
después, las palabras sirven para rescatar lo vivido. Compartir los sentimientos por los diferentes caminos de la memoria es la propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva
(Santander) Juan Francisco Quevedo. Tras dos novelas, Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016) este es su primer libro de poemas.
El título despierta un gran interés, pues, como si de un pescador se tratase, el autor pretende recoger con su hilo de caña los recuerdos
más valiosos. Para ello, indaga en su interior persiguiendo lo más significativo, y, una vez capturado, deja su ancla, para que jamás se olvide. El juego textual que el autor nos plantea obedece
al empleo del mismo título en un poema y en el verso último. La poesía actúa así como salvavidas y anclaje.
Esta indagación en el terreno poético de Quevedo es nueva para él, aunque es un lector ávido de poesía y ejerce la crítica literaria.
Por ello va poco a poco recorriendo con palabras luminosas hasta construir, desde el respeto a la poesía, un discurso humanístico cuyos ejes centrales son el amor, la muerte o a la infancia, como
una parte más de la identidad del autor; motivos que, por otro lado, conforman la verdadera esencia del ser humano, como ya hiciera en prosa en su segunda novela, Querida
princesa.
La estructura del libro es impecable: se compone de una introducción en prosa al que le siguen sesenta y ocho poemas distribuidos en siete
capítulos más un epílogo. Cada uno de los apartados se abre con un dibujo del propio autor. Y el círculo, perfecto: comienza por un «antiguo colchón de lana» y, a falta del mismo, termina con el
sujeto insomne, doblegado en la noche, aunque en paz, pues sabe que las huellas de sus antepasados «reposan junto al sedal del olvido».
Ya en la primera parte, “La mirada empañada”, al recorrer los parajes de la memoria, el poeta halla un doble efecto: el refugio de la
alegría y la ciénaga del dolor. El recuerdo que infunde alegría radica en la captura de instantes pasados que devuelven al sujeto al edén de la niñez, como sucede en cuatro breves y deliciosos
poemas: ‘Sobre las ruinas del tiempo’, ‘La higuera’, ‘Mañanas de colegio’ o ‘Canicas de barro’, en cuya lectura se escuchan los ecos de Machado, Cernuda o Luis Antonio de Villena, en esa forma de
traer los recuerdos de la infancia. Sin embargo, ese feliz recuerdo se va empañando dando paso a la nostalgia, al recuerdo de lo pasado, y lo que ha pasado es nada menos que la juventud, envuelta
en la música del primer amor (en ‘Éramos tan jóvenes’ y en ‘Elogio de la nimiedad’); recuerdos de otro tiempo, de un pasado donde el sujeto era otro. De ahí que necesite volver a ellos, tal vez
para reencontrarse consigo mismo.
Ahora bien, el paso del
tiempo no sólo es pleno de certezas, también está lleno de incógnitas, incertidumbres que el sujeto perplejo recoge en la segunda parte, “Filosofía inexacta”. La poesía indaga en la expresión de
la realidad donde el poeta paseante rescata rincones, instantáneas vividas. Ante el sujeto, el fluir inexorable del tiempo: «febrero de sesenta y nueve», «el crudo invierno», «el ochenta», «el
verano» y vuelta al «otoño». Así, se muestran, aparentemente, reales, pero, a menudo, parecen borrosas, casi fantasmales, la calle, el café o el amor (como sucede en ‘El otoño es…’. Lo mismo que
la calle (en el poema ‘Dulce pensamiento’) es todas las calles; el amor se convierte en todos los amores. Cada poema se convierte en una imagen que el lector vive identificado como propia
experiencia. De este modo, la poesía de Quevedo deja de ser cotidiana y suya para ser de todos. Así, puede leerse en el poema ‘La barra del bar’:
La soledad se instala
en la barra de un bar vacío
como un estilete en la noche
rasgando las tinieblas.
La más floja y breve de las partes corresponde a la tercera, que lleva por título “Pasos en la madrugada” y tiene por objeto ocuparse
de los dos hijos, a los que, por otra parte, se les dedica el libro entero. Así, la entrada en escena de estas dos vidas provoca el cambio en la vida del sujeto, como no podía ser de otra manera.
Y, claro, el tiempo pasado es refugio. Se dice en el poema que cierra ‘Claudia y Juan’: «os colabais entre nuestras sábanas / como inermes fantasmas inocentes».
Son varios los lugares recordados a fuego en la cuarta parte, titulada “Paisajes precisos”. Son capturadas imágenes y hechos
recordados de Córdoba-Veracruz, de su México natal, de sus años de estudio en Santiago de Compostela y Madrid, pero su mirada queda enclavada como su vida en La Cavada, en Santander (en su bahía
y en el valle de Herrerías), en Avilés y en Pontevedra, es decir, en el norte. Esos versos traen recuerdos gratos. Gracias a Quevedo pervivirá para siempre La Cavada. Aun así, resulta
descorazonador, porque fue un tiempo dichoso que ya no está. Así, se lee en la conclusión del poema dedicado al núcleo urbano de Riotuerto:
Se acabaron los juegos de palabras;
ya sólo permanece el mismo pueblo
con los ruidos de otros niños felices
cediendo vida a las desiertas calles
de una mente que nos lleva al olvido.
Y poema tras poema, llegamos a la parte más extensa de todo el conjunto y más lírica, donde el arsenal de poemas muestra a un poeta
que experimenta con diversas composiciones estróficas de versos de arte mayor (en cuartetos y tercetos) y no estróficas de arte menor (en coplas y romances), además de otras en verso libre. Más
interesante aún nos parece el desdoblamiento de la voz en el poema ‘Quevedo insomne en la madrugada, con la referencia textual de Calderón de la Barca’ y las tres interrogaciones retóricas
finales. El tiempo ejerce su furia y arrasa en distintos poemas, tanto es así que deja la ciudad apenas reconocible porque se ha llevado multitud de recuerdos: «Ya no vemos las luces de la
infancia / brillar en la oscuridad de sus muelles» (en ‘La ciudad dormida’). Vale la pena reproducir la primera estrofa del penúltimo poema de este capítulo, ‘Posteridad’, en cuyos versos el
sujeto parece sucumbir al hastío de vivir hasta dejarlo todo en esa huida final:
En ocasiones, quisiera escaparme
a un perdido motel de carretera,
de Kansas o Colorado, tanto da,
y tomar la puerta que lleva al cielo.
Los recuerdos van doliendo
más hasta el punto de decir basta. El poeta ha llegado a un subterfugio interior del que es difícil salir. En esta tesitura encuentran cabida poemas como ‘Mas allá de tu nombre —In memoriam—’,
‘Hija de un Lázaro resucitado’ o ‘Nada fue igual’. Las llagas del sujeto son perceptibles: a la ausencia manifiesta en los poemas ‘Tristeza’ o ‘Exhalación’ se le une la derrota y el desvelamiento
de la única verdad concluyente: la cercanía de la muerte, porque
Solo puedo hacer eso,
transmitir esa quietud,
proporcionar esa paz,
banal y cotidiana,
que precede y anticipa
la derrota absoluta.
Antes de finalizar, Quevedo se mira en el doble de otros, porque en otros encuentra la queja «de nuestro tiempo»; homenajes cuyos versos hace
suyos. Pasan por la séptima parte: César Vallejo, Blas de Otero y Miguel Hernández. Poetas que tienen en común, además de ser grandes sonetistas, su mirada a la sociedad. En esta parte predomina
el léxico oscuro y su poética deviene en pesimista y elegíaca, como puede leerse al final del poema ‘Sombras’: «Habito sobre las columnas / de unos hombros que se derrumban / bajo el peso del
desengaño». Y, por momentos, el discurso se vuelve bastante crítico, como sucede en ‘Hija de un Lázaro resucitado’, al experimentar un caso de escasa empatía entre un sanitario y unos familiares
que sufren a corazón abierto. En los tres versos finales, recogidos en estilo directo, se lee: «—“Oigan, oigan. Esto no es un mercado”. / No. Es el servicio de Oncología / del hospital de una
ciudad cualquiera».
El universo propio de este libro se cierra con el ‘Epílogo’, cuyo complemento perfecto resulta la cita del poeta catalán, bien conocido por Quevedo,
Joan Margarit: «Necesito el dolor contra el olvido». Se observa entonces la fidelidad a sí mismo como poeta. Una vez hechos los recuentos, toca prepararse ante la muerte («y me preparé para morir
en paz»), ciclo de vida; esencia del ser humano.
Aunque el poso meditativo es eje unitario de la obra, no resulta menos atrayente el uso del lenguaje y, como el propio autor advierte en la
‘Introducción’, lo que oculta. Mediante versos hondos que llegan al epicentro de la emoción. Así, muerte y vida son dos caras de la misma moneda, lo que recordaría a uno de los poemas de Borges
incluido en Cuaderno San Martín. Quevedo se vale de toda una serie de recursos expresivos que dotan al lenguaje de gran musicalidad, así paralelismos, anáforas y repeticiones léxicas;
y, para cuando las palabras empleadas resultan polisémicas dejando una carga considerable de abstracción, el poeta las hace bajar al suelo, a la concreción, a través de personificaciones de
abstracciones (la edad, la vida, la soledad, la pérdida…).
El sedal del olvido trae otros recuerdos y otras vivencias, incluso otras canciones, donde palpitan la palabra, la música y la vida, como, por
ejemplo, aquella estrofa que abría la famosa canción ‘Time and love’, del sesenta y nueve, de la compositora norteamericana Laura Nyro, cuya escritura también reflejaba la esencia del ser:
Winter froze the river
And Winter birds don’t sing
So Winter makes you shiver
So time is gonna bring you spring
PRÓLOGO
LA POESÍA COMO REFUGIO Y BÁLSAMO
HILARIO BARRERO
El ensayo de Juan Francisco Quevedo está construido con materiales sólidos, nobles y se levanta como un edificio de tres plantas: el pensamiento que va a la cabeza, la facultad de razonar; en el medio la palabra, la facultad de crear, el latido del corazón y en la base la suma de la razón y el corazón: la poesía. En él conviven dos universos: la poesía en general y una incursión en su propia poesía.
El poeta sabe que el pensamiento, como dice Wallace Stevens, juega un papel importante en crear un mundo poético:
Tiene que estar vivo, aprender el habla del lugar. / Tiene que dar cara a los hombres de su tiempo y conocer / a las mujeres de su tiempo. Tiene que pensar en la guerra / y tiene que encontrar lo que baste. Tiene que construir un nuevo escenario.
La razón busca la verdad, pero el corazón sabe que la verdad es la esperanza y existe una lucha entre las dos y esa lucha es lo que llamamos poesía. Una poesía que nos tizne, que nos emocione y nos haga un nudo en la garganta. Que nos diga la verdad del poeta, aunque sea una mentira.
Juan Francisco Quevedo, novelista, poeta y hombre que está al corriente de fórmulas mágicas, del sabor del amor y de la muerte, de los ingredientes de la infancia, de las drogas de la vida, sabe alternar el mundo de la novela y el de la poesía sin olvidar el olor del azufre o del alcohol alcanforado e intentar cómo elaborar oro de 24 quilates…
Este bagaje profesional y humano le ha dado autoridad para escribir un ensayo sobre un tema escurridizo donde se puede caer en el tópico y resbalar. Pero con la emoción y la sinceridad del poeta nos encontramos con un texto (para ser leído) de aire didáctico, buscando la complicidad y las repuestas del lector, con un estilo coloquial, directo, sentido y emocionado. Juan Francisco Quevedo ha escrito una poética propia de lectura ágil y brillante, lectura que abarca desde Grecia, los albores del Medioevo, el Cancionero de Baena, los versos populares de un barbero, un jocoso Lope de Sosa, la presencia de Cervantes, Góngora y poetas contemporáneos.
El ensayista no solo sabe leer la receta enredada de las cientos de fórmulas en las que la poesía viene escrita, también predica con el ejemplo. Y así en el prólogo de El sedal del olvido, su último libro de poesía, nos da algunas claves para entender y sumergimos de cabeza en el ensayo.
La poesía actúa como una tabla de salvación que te redime del sufrimiento, aunque utilice el dolor como arma inevitable. En ocasiones, también es capaz de mostrar su júbilo antes las pequeñas alegrías cotidianas.
Para Juan Francisco Quevedo la poesía es su religión, le fortalece y le rescata de esa ciénaga del dolor a la que uno se expone constantemente.
Uno, al leer este ensayo, comprende todavía mucho mejor el libro de JFQ y su poesía le llega más y le reconforta. Porque El sedal del olvido es un claro ejemplo de tradición, de musicalidad, de poemas con endecasílabos modelos, encabalgamientos que, como una ola, hacen mover el poema y al lector. Es una cuerda fina que ata por un extremo al anzuelo de la emoción y por el otro a la caña de pescar sueños y emociones. Y al acabar de leer el libro se nos queda enredado el anzuelo de la poesía y del recuerdo. Y nos quedamos enganchados para siempre en el sedal de la esperanza.
Una conferencia que es una historia de la poesía en general y de la poesía de JFQ, una poética que fija los límites de la belleza (que los tiene), un texto que realza la mirada como vehículo salvador. En definitiva el pensamiento controla, el corazón echa leña al fuego de la palabra y así surge lo que se llama poema, que es herida, fuego, puñalada, vida, muerte y esperanza: que es una tabla de salvación que nos ayuda a seguir viviendo.
Hilario Barrero
Prensa y fotos
REFLEXIÓN
ARTE, BELLEZA Y POESÍA
Juan Francisco Quevedo
La belleza de una obra artística de cualquier disciplina no tendría sentido sin la mirada del ser humano. No solo no tendría sentido sino que ni existiría como obra de arte, por muy hermosa que fuera. El arte, la literatura, cualquier tipo de belleza que existiera desaparecería de inmediato si no pudiera admirarse y someterse a la indiscreción curiosa del hombre. Ni tan siquiera la presencia del contrario, la fealdad, la eximiría de su destino puesto que ambas-belleza y fealdad- se desvanecerían como volutas de humo que se van deshilachando por el aire.
Sin el hombre, el arte nunca sería. No justificaría su razón de ser.
Una obra de arte es un gozo eterno decía John Keats. Ahora bien, nada es eterno, tampoco el concepto de eternidad, ni siquiera el que tenemos de lo que es bello. Ahí es cuando interviene el tiempo. Su paso. Los ideales de belleza solo deben proclamarse y circunscribirse a los límites culturales de una época porque, en función del período y de la cultura desde los que se escruten, siempre ha habido y habrá conceptos cambiantes sobre su determinación en función de los cánones imperantes. De hecho, hay muchos ejemplos que lo corroboran. Sólo tenemos que recordar algunos episodios definitorios como los que acontecieron con la construcción de la torre Eiffel o de La Pedrera de Gaudí; ambos hicieron variar el gusto colectivo, pasando del rechazo más radical a la consideración más absoluta. La torre Eiffel en su día se constituyó como un monumento al mal gusto-un amasijo de hierros se dijo de ella- y en cuestión de años se erigió como un modelo de belleza.
Toda manifestación artística habrá de contextualizarse no ya en los gustos de una época, sino en los de una era. La historia de la literatura está llena de autores y libros de éxito a los que el tiempo ha devorado y relegado al olvido social y académico. Otros libros, sin embargo, incomprendidos en su época, han sido rescatados para ser elevados a la categoría de obra imprescindible de la literatura universal. Muchas veces, la historia lo demuestra, hemos tenido que aprender a enfrentarnos a las nuevas obras de arte que van surgiendo con una mirada renovada, especialmente a partir del siglo diecinueve. Con las vanguardias que surgieron a finales de este siglo se ponen en solfa y revisan todas aquellas premisas y todos aquellos silogismos que habían regido el arte hasta entonces; proponen nuevas estéticas para que emerjan como alternativas reales frente a los paradigmas establecidos. Cuando, desde la innovación, las nuevas tendencias, sean literarias o plásticas, se apartan de la tradición, chocan de frente contra el gusto reinante. Desde las vanguardias decimonónicas, por ejemplo desde la polémica irrupción del impresionismo en pintura, del modernismo en arquitectura o desde la eclosión de los más variados ismos literarios, estamos asistiendo a la creación de continuas nuevas estéticas en todos los campos artísticos. Por ello, se ha hecho imprescindible una revisión crítica permanente de todo lo que hasta ahora entendíamos como arte.
La mayor parte de las manifestaciones artísticas rompedoras, tras una primera etapa de destrucción y rechazo hacia todo lo que les precedió suelen encaminarse a una segunda fase de conciliación con el pasado y de construcción. Todas nacen con una firme intención de experimentar, aunque posteriormente, en muchos casos, recuperen la tradición para adaptarla a los nuevos conceptos estéticos. Es una manera de aunar pasado y presente, aunque no siempre ha sido así como hemos podido ver con algunos movimientos artísticos. En tanto el ultraísmo se pone en contra y frente a la tradición, el grupo inmediatamente posterior, que se conoce como generación del 27, la asimilan tras someterla a una profunda revisión.
Somos muchos los que estimamos que no hay que acabar con la tradición pero sí abrir las puertas a todo lo que se aleje de ella indagando nuevas vías por las que discurrir a la búsqueda de realidades artísticas distintas. Este afán rupturista con el pasado es lo que nos hace avanzar como sociedad y nos ayuda a analizar novedosos proyectos artísticos. Luego, el tiempo dirá qué parte de las vanguardias dejarán de serlo para volverse aquello contra lo que lucharon, es decir, clásicas. Se convertirán en nuevos paradigmas conceptuales para que otras vanguardias las cuestionen al considerarlas obsoletas. Al fin, es la lucha generacional que siempre ha existido en todos los campos y el arte no es ajeno a ella, sino más beligerante si cabe que cualquier otra faceta del pensamiento.
Por tanto, siempre existirá una manera de crear con unos cánones estéticos muy diferentes a los dominantes, a los más académicos, pero no debemos olvidar que el final de cualquier propuesta innovadora que permanezca en el tiempo es consagrarse como clásica para dar paso a otras vanguardias que la cuestionen.
Desde la pintura, la literatura, la arquitectura y el resto de modalidades artísticas, se ha asumido desde hace casi dos siglos cómo hay más maneras de percibir la realidad que aquella a la que la tradición nos había acostumbrado y que no iba más allá de lo que se evidenciaba sin ningún tipo de intermediación intelectual. Con los nuevos movimientos artísticos, tenemos que saber y aprender a descifrar el tiempo presente, lo que nos ayudará a una comprensión más profunda de todo lo vivido. Además de esa mirada general y común, con la que nos hemos familiarizado a lo largo de los siglos para designar lo que es bello, debemos acostumbrarnos a profundizar en ella, a captarla individualmente de una manera personal.
La percepción de la realidad que nos circunda se amplía hasta romper los límites de la evidencia; esa ruptura con el realismo deja paso a una interpretación más introspectiva que se realiza a través de la conciencia, analizando y reinterpretando el instante del propio existir. Debemos saber mirar más allá para transformar esa realidad del momento vivido, tanto para que surja un arte distinto como para poder descifrarlo. Las posibilidades expresivas artísticas son innumerables y llevarlas al límite, tanto en la palabra como en el resto de disciplinas debe ser el santo y seña de cualquier movimiento emergente. Sin duda, lo fue en las vanguardias del pasado siglo y lo seguirá siendo, porque la interpretación de la realidad no tiene límites y, en tanto en cuanto es inabarcable en su complejidad y en el modo de abordarla, hace que el camino por el que discurran las nuevas propuestas artísticas no tenga fin y sea inagotable.
Mientras que el arte hasta el siglo XIX, concretamente hasta el romanticismo, se basaba exclusivamente en la observación inmediata de la realidad, y en ella el artista encontraba la inspiración para crear su obra, las vanguardias posteriores intelectualizan esa realidad para convertirla en una nueva idea que conduzca a una nueva obra con una estética distinta. Entonces ya no es la realidad la que está en el origen creativo de una obra sino que lo que está y se plasma es la idea transformadora con la que, a través del intelecto, se analiza esa realidad. A veces ese proceso puede llegar a ser tan brutal que rompe cualquier nexo y conexión con ella.
En casi todas las vanguardias del siglo XIX hay una tendencia generalizada marcadamente antirrealista y, si en poesía pudieran ser Mallarmé y Rimbaud los que dan el pistoletazo de salida a la poesía moderna, en el arte, en especial en los lienzos, serán los impresionistas los que den un vuelco a los gustos predominantes. Cuando contemplamos los cuadros impresionistas, los percibimos como algo que ya asimilamos a nuestros ideales de belleza pero no fue así en su origen. En un principio suscitaron rechazo, como las nuevas construcciones de hierro, y sus contemporáneos tuvieron que aprender a analizar esa nueva realidad que surgía ante su atónita mirada con otros ojos, con unos parámetros muy diferentes a los existentes hasta entonces, desde otra perspectiva. Aquella representación de la realidad tan distinta, que surgía a través de aquellos rasgos más definidos, incluso disgregando las figuras y el paisaje con pinceladas gruesas de color, no cuajó en los gustos dominantes. No estaban acostumbrados a mirar de otra manera, pero aprendieron a advertirlas en su plenitud, a reconstruir lo que les transmitían cuando tomaron distancia y se alejaron del cuadro, de la obra. Hoy se les considera clásicos y nadie cuestiona lo que se ha acabado constituyendo en un nuevo modelo de belleza. Con la palabra pasa algo similar. En la poesía se percibe con mucha claridad a partir también del siglo diecinueve. La poesía dio un paso de gigante al hacerse imagen a través de la metáfora e, incluso, hubo poetas que hicieron de todo el poema una verdadera metáfora en sí mismo. Poetas como Rimbaud, tan atormentado, que sus poemas son verdaderos caminos donde expresa lo que ya está dentro de él, son metáforas que surgen de su propia biografía, de su propio yo. Y no solo imágenes, sino que desde ellas nos proyecta leve y tímidamente un sendero para poder conducirnos y llevarnos a una realidad simplemente esbozada. Por tanto, debemos reinterpretar continuamente la realidad para conseguir acercarnos a ella con ojos nuevos. Debemos aprender a no buscar la belleza de los objetos y de las palabras en lo evidente, en lo que nos muestran sin más, sino rebuscar en su espíritu y así comprender que hay más maneras de amar que aquellas que se descubren con una simple mirada.
Quizás el Góngora de las Soledades, fuera el verdadero precedente de un Rimbaud que consiguió hacer de todo el poema, metáfora. No hay más que ver su Alquimia del verbo, donde las metáforas no proceden de la realidad que lo circunda; son internas, proceden del propio poeta. Simplemente proyecta la metáfora que ya vive en él por lo que podríamos decir que toda su poesía es una autobiografía metafórica.
La poesía se tornó más deductiva; no intenta ya explicitar solamente una metáfora sino que pretende insinuar un sendero, apenas vislumbrado, que nos ha de llevar hacia la evidencia de lo sugerido. Aunque sea la imagen la que sustente a la metáfora en su concepción lírica, esta pretende ir más allá de la imagen, quiere abarcar conceptos capaces de crear emociones de lo más variadas, capaces de interactuar con el lector. Por ahí ha transitado la poesía del futuro.
El poema de las Soledades de Góngora es un ejemplo claro de lo que ha costado adaptar la mirada a las cosas nuevas; de hecho pasarán siglos hasta que sus versos se puedan paladear con esos nuevos ojos. La generación del 27 y en especial el poema puesto en prosa por Dámaso Alonso, desposeyéndolo de las cuerdas de oro, hizo comprensible ese hipérbaton constante, abrió los ojos a todas las generaciones futuras y les descubrió, como dijo Lope de Vega de su autor, su auténtica valía: Pues tú solo pusiste al instrumento sobre trastes de plata, cuerdas de oro.
De alguna manera, Góngora se puede erigir como el precursor del creacionismo, en tanto en cuanto da a luz e imagina un mundo completo dotándolo de coherencia, por lo que tal vez pueda ser considerado, adelantándose dos siglos, el primer poeta de vanguardia. No obstante, la forma en la que lo consigue y descifra proviene de un poso cultural común, basado fundamentalmente en la elaboración de una sintaxis proveniente del latín, donde se altera la colocación de los diferentes componentes de las frases, y en un conocimiento profundo y exhaustivo de la mitología clásica.
Qué duda cabe de que hay un arte que va más allá de lo que pudiéramos interpretar desde una conciencia puramente objetiva, a primera vista.
En el arte no se puede fiar todo a la razón ya que por sí misma no puede explicar tantas cosas que son inabarcables al pensamiento humano; ni tan siquiera la belleza, ese prodigio que surge como un destello inmarcesible de la materia.
Hay que ejercer la crítica hacia el pasado siempre. Es la manera de poder comprender lo que ya es futuro, lo que surge por las calles con el ímpetu de lo nuevo, con la fuerza emergente de lo que fluye sin resistencia. No hacerlo sería como negarnos a vivir en y con los tiempos que nos corresponden, los que señalan por donde irá ese futuro. Aunque lo que nos traigan, lo que se exprese y plasme con el buril, con el pincel o con la pluma no sea del gusto de la mayoría.
En cualquier caso, el arte, y muy especialmente la poesía, siempre debería contribuir a darnos una visión ética del mundo, proclamando la libertad humana por encima de cualquier otra consideración.
* Copiar y pegar para descargar en pdf: https://poesiaparavivir.files.wordpress.com/2021/09/estetiemponuestrofinal-2.pdf
HILARIO BARRERO
SI El sedal del olvido, el último libro de poesía de Juan Francisco Quevedo estaba hecho con pólvora enamorada, sedal de plata y poesía de verdad, su obra polifacética está construida con honestidad e integridad en la prosa, lealtad a la poesía y dedicación a la vida. Su poesía rescata historias, momentos, vidas, es “un refugio y un bálsamo ante las pérdidas inevitables, ante la enfermedad, ante los desasosiegos y desilusiones”. Leer al poeta es entrar en el reino de la emoción, donde el hielo arde el sentimiento y el fuego le da vida a la razón.
Este nuestro tiempo recoge poemas, prosa y dibujos, (así como una entrevista) que nos dan una visión de la obra de Juan Francisco Quevedo. Una muestra luminosa que enriquece la trayectoria de Cuadernos de humo.
Entren en este tiempo de Juan Francisco que es también nuestro tiempo, sientan el fogonazo del amor, el ruido del mar, la fuerza de la familia, la luz melancólica de la ciudad y la nostalgia de sus dibujos.
Para celebrar que el nacimiento de un niño ha enriquecido la familia Quevedo y ha hecho abuelo al escritor se edita este Cuaderno de humo en el mismo país donde nació y crece el nieto. Que sirva de recuerdo.
Dibujos-Prensa
Reseña de Javier Gallego de ‘Este tiempo nuestro’. Cuadernos de Humo. 33
Al cuidado de Hilario Barrero, Este tiempo nuestro, recoge poemas, prosa y dibujos y una entrevista con este escritor cántabro nacido en México, farmacéutico de publicación tardía de novela, ensayo y, por supuesto, poesía. Se estrenó en 2019 con El sedal del óxido y ahora acaba de presentar Una mirada a este tiempo nuestro, del que estas páginas es una suculenta introducción. Aquí podemos acercarnos a sus presupuestos estéticos y éticos: “El poema hay que elaborarlo, con autenticidad y belleza, donde la emoción; si no lleva este componente fundamental, el acto de creación poética puede quedar en un simple ejercicio lingüístico, cuando no matemático” (Poética).
También, por supuesto, asomarnos al mundo interior que lleva al poeta: “Somos volátiles / hojas de un libro escrito / que el azar mueve”. Los sentimientos más intensos del autor en la alegría (“No recuerdo no haberla besado / al menos una vez cada día”, No son solo palabras) y en las penas (“Te vas yendo en tu nombre, / tan lejos que sellas mis labios / a las palabras que tan solo escribo / con el eco del silencio /…/ Me pierdo / en la interna tristeza de la nostalgia / de su alegría”, Tristeza). Como se puede apreciar con mayor nitidez en el volumen de Libros del Aire, conecta la poesía con la reflexión filosófica, un tanto desencantada, pero, sobre todo, lúcida: “El arte de estar solo, / la adorable manía / de contemplar el mundo / sin tamices superfluos” (Simplicidad); “La vida no es sino un mortal disparo / que se despacha como un pagaré: / Sin fecha concreta de vencimiento” (Pagaré).
En los versos se sugiere una visión de la vida en su trascurso que alterna la celebración y la esperanza: “Se difuminan los monstruos sombríos / que tiñen de negro las pesadillas, / que puebla la piel de los desvelados, / como un volátil tatuaje de guerra” (En el silencio). Pero sobre todo, son las huellas que se van quedando en la memoria y en la piel: “Hasta hace poco, / con un mapamundi de cicatrices / bordado a mano, / no supe que existe / –sin desvanecerse entre la neblina, / con el fulgor preciso de un cometa / que brilla siempre–, / en la singular mirada de un hijo” (Esta hora). En estos tiempos inciertos son necesarias las palabras de aliento y consuelo, pero son imprescindibles los poemas que retraten al mundo en su complejidad y desánimo: “Me busco tenazmente en las palabras. /…/ Te perdí, nos perdimos para siempre”.
De su faceta como ensayista, Cuadernos de Humo rescata un breve artículo, ¿La genialidad de la obra artística exculpa al hombre? En el que se plantea, a partir de la figura de Benvenuto Cellini, el genio versus canalla divino. Y en Descifrar el tiempo, deja claro que la visión del compromiso ético no debe estar ausente de la escritura: “El arte, y muy especialmente la poesía, siempre debes contribuir a darnos una visión ética del mundo, proclamando la libertad humana por encima de cualquiera otra consideración”.
Termina el número con una entrevista en la que lo escueto puntúa doble por la dificultad de condensar el pensamiento a la respuesta. Quedémonos, sin embargo, con un deseo que compartimos plenamente:
“Que la muerte se aburra de esperarme”
Javier Gallego
NADA FUE IGUAL
Cuando se diluye el día y apareces,
a la luz de una pequeña bombilla,
en aquella vieja fotografía,
junto a mí, allá por el setenta y cinco,
no puedo evitar pensar en tu muerte,
pienso en esa última conversación
que nunca tuvimos,
que nunca me atreví a tener contigo.
Yo era aún un joven
que eludía la paz de los cementerios,
que se ponía una venda piadosa,
por no enfrentarme a lo que tú sabías.
Y después de todo, y al fin y al cabo,
me exime el hecho de poder pensar que
aún era un joven infeliz, pero…
no era tan niño como para olvidar
ni tan viejo como para conformarme.
Fotos-Prensa